La Médina de Fez es, sin lugar a duda, lo que lees en cualquier guía: la zona peatonal más grande del mundo, donde perderse es tan fácil como encontrar un guía, escondidos tras cualquier esquina, preparados para asaltar a los turistas desorientados. 

 
Pero es también mucho más. Es color, por todas partes. Chillones, llamativos, manchados, sucios, descoloridos, degradados, dibujados, tejidos, creados. 
 
 
Es olor. Desde el de las especias, tan agradable como exótico, hasta el de las heces de las palomas, tan desagradable como penetrante. 
 
 
Es sonidos. Cantidad de sonidos. Gritos, cantos, rezos. La llamada a la oración, empezada por la mezquita principal, y repetida por las demás con la diferencia de tiempo exacta para crear un coro que no para. 
 
Es burros, tan cargados como cansados, y miles de gatos callejeros, que no son de nadie, pero al mismo tiempo son de todos. 
 
 
Es «balak, balak», y mejor que te apartes porque te atropellarán con sus carretillas que, a pesar de aguantarse apenas, llevan kilos de mercancías cada día desde el exterior hasta las pequeñas y recargadas tiendas. 
 
Es gente. Una cantidad increíble de gente. Muchísimos hombres. Cada uno tan parecido como distinto. Chillones, escandalosos, ágiles y apañados. Que se quitan los mocos y escupen en el suelo delante tuya, no por falta de respeto, si no por simple diferencia cultural. Trabajadores y «busca vida». Amables pero con muy poca paciencia. Que se juntan en las mezquitas para rezar, o sacan su tapete, se quitan los zapatos, y lo hacen delante tuya, en la dirección exacta, para luego recoger y seguir con su actividad como si no hubieran parado. Muchísimas mujeres. Discretas, tímidas, con y sin velo. Que te miran con cara extrañada observando como vas (des)vestida. Que te sonríen con complicidad. Que te saludan de un tejado a otro. Que pasan con prisa entre la muchedumbre, sin mirar atrás. 
 
Es niños jugando solos en callejones vacíos y tremendamente sucios. Con un balón como único aliado. Peleándose a veces, en el suelo, al más puro estilo wrestling, hasta que un adulto cualquiera, el primero que pase por allí, les hecha la bronca, y paran. En seguida paran. Vendiendo en las tiendas, a pesar de ser día de colegio. Es niñas, con pelo negro y largo, y ropa sucia pero coqueta. Que te miran con tanta curiosidad que al caminar se chocan contra otras personas con tal de no quitarte los ojos de encima. Porque eres muy diferente y muy fascinante. Por tu ropa, por tu color de pelo y de piel. Y terminan saludándote con la mano y respondiendo a tu sonrisa, porque así todos nos entendemos. 
 
Es gallos cantando a cualquier hora, es palomas dando vuelta alrededor del criadero en el cual les alimentan a diario. 
 
Es basura, la diaria y la típica acumulada en años, la que nosotros tenemos bien escondidas en armarios y trasteros, y que aquí dejan en los ángulos muertos de los callejones, porque las casas no dan para meter tanto. 
 
Es maravillas escondidas tras unas fachadas decadentes. Que te enseña a ir más allá de las apariencias, porque lo más bonito lo encontrarás solo si serás capaz de mirar más allá de estas. 
Es nubes de moscas, a través de las cuales pasas despistado, y con la boca abierta, la primera vez, pero ninguna más. 
 
Es regateo, continuo y obligatorio. Y si se te da mal, pues mala suerte, pagarás el doble de lo que deberías. Y no, en este caso no aprenderás para la siguiente vez. 
 
Es azoteas convertidas en terrazas, aunque no lo sean, aunque no tengan escaleras para subir. Siempre hay algún tubo, alguna antena, algún soporte que te ayudará a subir y bajar. Es Riads, oasis de paz dentro del caos tan aterrador de la Médina. 
 
 
Es callejuelas tan estrechas que no te atreves ni a pasar, y tan empinadas y mal cuidadas que tus rodillas te pedirán piedad. Es máquinas de aires acondicionados repartidas por cualquier sitio. 
 
 
Es taxis rojos, sin cinturones. Algunos medianamente nuevos, otros tan antiguos que no puedes hablar mientras estás a bordo, pues el ruido tapa por completo tu voz. 
 
Es sensación de inseguridad, causada por tus proprio prejuicios, que al desaparecer te hace sentir incómodo contigo mismo. 
 
Es el sol que sale a las 5 de las mañanas, iluminando otro día más de Ramadán, en una ciudad en la cual la vida en la calle no comienza hasta las once. 
 
Es comida, mucha, colorida, sabrosa, rica. Es diferencias, con nosotros, nuestra cultura y nuestras costumbres. 
 
 
Es vida. Una que se te mete en lo más profundo de las entrañas y te sacude. Que te penetra en la mente y la invade. Que te cautiva y te enamora. Y te quedas prendado. Sabes que un trozo de tu corazón pertenece a Marruecos.